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29-05-2005 23:55:34

"El Filósofo del martillo"




La filosofía del mostachudo Nietzsche constituyó un torbellino, un vendaval de ideas que venía a barrer todos los mitos edulcorados y las mentiras piadosas, e incluso a anunciar la muerte de Dios. A su paso por el mundo resonaron estas palabras con atronador mesianismo:
“Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo gigantesco, de una crisis como jamás la hubo en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión tomada mediante un conjuro, contra todo lo que hasta este momento se había creído, exigido, santificado… No soy un hombre, soy dinamita…”
Friedrich Nietzsche denunció la tergiversación y el encubrimiento de la realidad a manos del pensamiento abstracto, con la firme voluntad de restituir a la vida humana la majestad extraviada en los bosques de las elucubraciones metafísicas. Su estilo admirable, espléndido, brilla en las exposiciones breve y en los aforismos rotundos; el conjunto de su pensamiento será por ello disperso, ramificado, pero infinitamente sugestivo. Ninguna explicación académica ni divulgativa puede resumir sus tesis sin que en el camino se pierda lo más sustancial de ellas: su seductora precisión, su acertada agudeza. Nietzche más que nadie fue consciente de esa grandeza que ponía en apuro a sus lectores:
Se me ha dicho que no es posible dejar de la mano un libro mío, que yo perturbo aún el reposo nocturno. No existe en ablsoluto una especia más orgullosa y a la vez más refinada de libros; acá y allá alcanzan lo más alto que se puede alcanzar en la Tierra: el cinismo. De hecho, una de sus célebres sentencias, vertida en Más allá del bien y el mal, reza así: El cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad.

El hijo del pastor

Friedrich nació en la casa parroquial de Röcken, junto a Lützen, en Sajonia, Alemania, el 15 de octubre de 1844, hijo de un pastor luterano. De familia muy religiosa, uno de sus abuelos había escrito muchos años atrás un opúsculo titulado Sobre la duración del cristianismo, garantizada para siempre, como consuelo a la efervescencia actual. Tuvo dos hermanos: Elizabeth, que vería la luz en 1846, y un varón, mal logrado poco después de nacer y de la muerte prematura del padre. Si durante sus primeros pasos había vivido cobijado por un ambiente de piedad y misticismo, las desgracias sucesivas hicieron que Nietzche se hallara inmerso desde los 5 años, tras su traslado a Naumber, en un universo exclusivamente femenino. Por otra parte, el pastor había dejado como herencia genética a Freiedrich y a Elizabeth una gran propensión a padecer terribles migrañas y una aguda miopía. La precaria salud del muchacho no haría sino empeorar en el futuro hasta que, en sus últimos años, Nietzsche sucumbió a la locura. Pero su lamentable cuadro clínico –que incluye jaquecas, reumatismo, un brote de meningitis y una infección sifilítica- no le impidió desenvolverse siempre con un aparentemente inexplicable derroche de vitalidad y un asombroso vigor intelectual. Desde muy joven estudió piano y escribía poemas que mostraba orgulloso a sus parientes; a los catorce años ingresó con una beca en la prestigiosa institución Pforta, fundada por frailes cistercienses y bernardinos, donde habían cursado estudios los filósofos Fichte y Schlegel, así como el gran poeta Novalis, autor de los célebres Himnos a la Noche. Allí recibió una excelente formación clásica, pero no contento con esta disciplina, fundó con sus amigos Gustav Krug y Wilhelm Pinder un grupo musical llamado Germania, cuyos componentes se comprometían a presentar una composición musical, artística o literaria para exponerla a la crítica de los otros miembros.
En 1886 las precoces intuiciones del muchacho, que cinco años antes ya había redactado un ensayo sobre religión sintiendo su fe disminuida, hallaron un providencial revulsivo en la lectura del sombrío trabajo de Schopenhauer El mundo como voluntad y representación. En esta obra pesimista, nihilista, escéptica, que todo lo negaba y que despedía “un amargo perfume cadavérico”, Schopenhauer reflejaba, según escribió Nietzsche más tarde, el mundo como en un espejo, y también su propia alma, llena de horror:
“en ella yo veía enfermedad y curación, destierro y refugio, infierno y cielo.”


El profesor apolíneo

El 9 de octubre de 1867 ingresa en un regimiento de caballería para realizar su servicio militar. En el curso del mismo sufre un aparatoso accidente: se cae del caballo y se rompe una costilla, por lo que es dado de baja, y, para mantenerse durante su convalecencia, escribe un ensayo sobre un poema de Simónides: La lamentación de Dánae. Al año siguiente comienza su admiración por Wagner tras asistir a la representación de Los maestros cantores de Nurember, y los dos grandes hombres son presentados en Leipzig, el 8 de noviembre, quedando Nietzsche cautivado por el músico e iniciándose así una amistad que se resolverá con el correr del tiempo en una áspera ruptura.

Poco después de concluido el servicio militar el 15 de octubre de 1868, su maestro Wilhelm Ritschil lo propone para la cátedra de Filosofía griega en la Universidad de Basilea, cuando sólo cuenta con veinticuatro años y aún no posee el título de doctor. No obstante, el 13 de febrero de 1869 obtiene el nombramiento y dos meses después cambia su ciudadanía alemana por la suiza, condición impuesta para ser aceptado.

Comienza para él una de sus épocas más felices y se vuelve asiduo visitante de la casa de Wagner en Triebsche, a orillas del lago Cuatro Cantones, cerca de Basilea. La amistad entre las dos familias se estrecha hasta el punto que, cuando los Wagner deben salir de viaje, es Elizabeth Nietzsche quien se ocupa del cuidado de los hijos del matrimonio. Pero inmediatamente se desata la guerra franco-prusiana y Friedrich obtiene permiso de la universidad para servir en las ambulancias del ejército alemán. En el curso de estas actividades contrae la disentería y la difteria, y para restablecerse pasa una temporada con su madre en Naumburg. A su regreso a la universidad mantiene amistosas relaciones con otro notable profesor de la misma. Jacob Burckhardt, el autor de la magna obra La cultura del Renacimiento en Italia, y sueña con la organización de claustros clásicos, una suerte de seminarios para filósofos del todo irrealizable. Igualmente fracasa en la pretensión de que su amigo Erwin Rohde gane una cátedra en la Universidad de Basilea y su rechazo le mortifica enormemente, lamentando haberle hecho concebir falsas esperanzas. Continúa así mismo su rosario de enfermedades: neuralgias, insomnios, trastornos de la vista, dolores de estómago y, para remate contrae la ictericia. Y sin embargo, ese mismo año de 1871, el 31 de diciembre, aparece su primer gran ensayo: El nacimiento de la tragedia en ele espíritu de la música. Esta obra fascinante, que obtuvo una repercusión muy escasa entonces salvo entre sus amigos y simpatizantes, plantea una fructífera y hoy famosa distinción entre lo apolíneo y lo dionisíaco, designando el primer término al orden y la armonía y el segundo a la embriaguez y la vida rebosante. Nietzsche comienza a convencerse de que el mundo se justifica como obra de arte, pero sobre todo ha advertido que cualquier actividad intelectual se desenvuelve sólo y exclusivamente en el lenguaje, por lo que la lógica es, según él, menos decisiva que el estilo. Como estilista, pues, de la filosofía, arremete contra Sócrates y su pretensión de verdad ideal y señala que el pensar es siempre, se quiera o no, una actividad literaria o poética, más o menos afortunada. De ese modo, Nietzsche entroniza la Estética en el meollo central de la Epistemología, o dicho de otro modo, descubre que la belleza, la fealdad, la torpeza, la delicadeza, etc., no constituyen accidentes casi desechables del modo de conocimiento, sino que son el conocimiento mismo, pues no es posible separar el pensamiento del modo como se piensa. Así, la vida, mater et magistra, en su desbordamiento diagnóstico, con su ausencia de lindes discernibles, embriagadora e imprevisible, cobra carta de naturaleza en la gran filosofía alemana del siglo XIX. Si hasta entonces la búsqueda de la armonía apolínea había marcado la tradición filosófica, encareciendo el diálogo, la serenidad o el equilibrio, con el intempestivo Nietzsche la moral se volverá del revés: es noble aquello que desata las pasiones de la vida, la voluntad del poder, el instinto; y plebeyo, propio de esclavos, aquello que se encasilla en la debilidad, en la renuncia y en el remordimiento.

Un episodio dionisíaco

En opinión tardorromántica aunque muy matizada de Thomas Mann, el genio de Nietzsche procede de su enfermedad, y en su ensayo sobre el filósofo relata un escabroso episodio que debió constituir un decisivo trauma en la formación de su ulterior temperamento y que después se hizo célebre al inspirarse en él Luchino Visconti para una escena de su película Muerte en Venecia. Cuando Nietzsche contaba sólo con veintiún años hizo una excursión solitaria a Colonia, donde contrató los servicios de un guía para visitar la ciudad. Al caer la tarde, pidió su cicerone que le recomendase un restaurante para cenar, pero éste lo encaminó, sin advertírselo, a un burdel. Adolescente puro y erudito, Friedrich se halló con toda su timidez a cuestas delante de un plantel de mujeres apenas vestidas con gasas y lentejuelas que lo miraron con expectación y sorna. Ruborizado y perplejo, al joven no se le ocurrió mejor cosa que cruzar con el poco aplomo del que del que supo hacerse acopio el amplio salón para refugiarse, según sus propias palabras, “en el único ser dotado de alma de aquella reunión”: un piano. Después de interpretar unos cuantos acordes se serenó y logró huir. No obstante, un año después volvió a aquel lupanar, acaso como autocastigo y esta vez, sin ser víctima de ningún ardid, y en los contactos mantenidos con esas mujeres “sin alma”, contrajo la sífilis, terrible enfermedad incurable entonces, que desataría su furiosa locura y lo llevaría a la muerte.

El asesino de Dios

A causa de sus pertinaces y endémicos sufrimientos, en la temprana fecha de 1875 solicitará la baja por enfermedad, y cuatro años después, el 2 de mayo de 1879, la jubilación, abandonando de ese modo, el mismo año que publica El viajero y su sombra, la cátedra de Basilea, y comenzando su incesante periplo por Europa. Para entonces ha escrito Humano, demasiado humano. Un libro para espíritus libres (primera parte), ensayo dedicado a la memoria de Voltaire que fue criticado sañudamente, e inmediatamente después concibe Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales (1881), sobre el que escribió:
“Con este libro comienza mi campaña contra la moral… La humanidad no marcha por el sendero recto porque ha sido gobernada por los fracasados, por los astutos vengativos, los llamados santos, esos calumniadores del mundo y violadores del hombre…”
En 1882 conocerá a la joven rusa de veinte años Lou Andreas Salomé, con quien vivirá el único episodio sentimental de su existencia, pues muchos años atrás, precisamente el 11 de abril de 1876, había sido rechazado en su insólita oferta de de matrimonio por Mathilde Trampedach, a la que había visto por primera vez tan sólo cinco días antes. Durante los ocho meses que mantienen relaciones, Friedrich se enamora perdidamente de Lou, pero tampoco ella consentirá en casarse con un genio enfermo.
En 1883, el año de la muerte de Wagner con quien ya había roto, escribe y publica Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para ninguno, cuya cuarta y última parte no aparecerá hasta 1891. Sobre este libro piensa:
“Que hoy no se me oiga, que hoy no se sepa tomar nada de mí, me parece incluso justo, Cuando en una ocasión el doctor Heinrich von Stein se quejó de no entender una palabra de mi Zaratustra, le dije que me parecía natural: haber comprendido seis fases de ese libro, es decir, haberlas vivido, eleva a los mortales a un nivel muy superior al que los hombres modernos podrían alcanzar.”
En los últimos años de la década de los ochenta da a la imprenta los frutos de su febril actividad: Más allá del bien y el mal, preludio de una filosofía del futuro; La genealogía de la moral; El caso Wagner, un problema para amantes de la música; Ditirambos de Dionisio; Crepúsculo de los ídolos o cómo filosofear a martillazos; El Anticristo, maldición contra el cristianismo; Ecce Homo… En este último libro, casi autobiográfico, Nietzsche aparece como Cristo sacrificado a su ideal, y de hecho, ya por entonces, el filósofo que ha provocado tantos escándalos, va ganando cierto reconocimiento entre unos pocos discípulos, aunque la gloria acabaría por llegarle tarde, cuando ya esté loco.
El 3 de enero de 1889 sufre un colapso en la plaza de Carlos Alberto de Turín; sus amigos reciben cartas en las que se declara un asesino y firma como El crucificado; lo hallan en su casa aporreando un piano con los codos y cantando a voz en grito. Se lo traslada por fin a una clínica psiquiátrica de Basilea donde se le diagnostica parálisis progresiva, pero su madre se hace cargo de él y lo lleva a Jena.
Once años después, el 25 de agosto de 1900 una de las conciencias más lúcidas de Europa, tras un calvario de inagotables dolores, con una mente sumida en las tinieblas durante más de una década, moría en Weimar el profeta del Superhombre, el asesino de Dios, el enemigo de la colación, el pobre Friedrich Nietzsche.


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Comentarios

  1. Nietzche: Un loco demasiado loco que buscaba la supremacía de su yo hacía los otros.

    Lástima que su muerte haya sido tan trágica.

    Saludos desde acá hermano.

    Bernavé a secas. — 31-05-2005 00:23:10



  2. magnífico y brillante.
    pobrecito.

    buceadora — 17-03-2006 14:33:11


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