Incontinencia
-No me digas que ya te vas –Exclamó ella con un toque melancólico mientras se cubría con la mano la boca-, ¿Así nada mas? ¿Sin la dignidad de responderme?
El hombre de abundante barba miró hacia atrás y no respondió.
Hubo un silencio, un silencio prolongado e incomodo como el de los cementerios, como el de los funerales.
-¡Mírame tan siquiera! –Gritó ella en un tono lacrimoso.
-¿Y que quieres que te diga? ¿Que ya no te quiero? ¿Que nunca lo hice? Dime ¿Qué quieres que te diga? –Dijo el hombre al momento de recargarse en la pared.
-¡Mírame a los ojos!
-No quiero.
-¡Mírame a los ojos!
-No puedo
-¡Que me mires a los ojos te digo!
(El reloj principal dio las doce de la noche y comenzó a campanear)
-Tú sabes que nunca he mirado a alguien a los ojos, no lo haré ahora.
-Entonces sigue jugando, con la luna, las palabras, con las hojas de hierba, pero no aquí. Vete, vete ya. –La mujer al exclamar esto bajó la mirada, se levantó del sillón donde se encontraba, pasó sus manos por la bata de seda y caminó rumbo a su alcoba.
El hombre de poblada barba y de cabello cano se retiró sin decir palabra, simplemente se marchó a recorrer las calles de West Hills.
Al entrar la mujer a su alcoba soltó en llanto, estuvo así durante minutos, horas, hasta que ahogada en sus propias lágrimas abrió el pequeño libro de cuero, el pequeño libro de cuero que él le había regalado, leyó unas cuantas líneas, apagó la luz y se echó a dormir recitando entre labios: ¡Adiós fantasía mía!...